La guardia

Historia del sable femenino español

La guardia


"La guardia es la posición que permite
al tirador estar en todo momento dispuesto
al ataque y a la defensa"
Esgrima básica, Cruz José Alonso

Era verano de 1996. Inés Legemaate, una joven de 22 años, llegaba al barrio barcelonés del Sarriá después de terminar su carrera de arquitectura y tras volver de su Erasmus en los Países Bajos. Un curso distinto, un año para probar nuevas experiencias. En su caso, Inés encontró en el país del norte de Europa una pasión que la acompaña hasta el día de hoy: la esgrima deportiva. Concretamente, y aunque el florete y la espada pasaron por su mano durante esa iniciación, fue la rapidez y la tensión del sable lo que la enganchó y lo que la llevó a entrar en el Complejo Deportivo Reina Elisenda, sede de la Sala de Armas de Montjuic, una tarde de 1997.

Un relato corriente, tan común como quien llega a la esgrima a través de una promoción escolar o por recomendación de un familiar o un conocido. Al menos hasta que Inés le expuso a uno de los entrenadores su intención de hacer sable. Sin saberlo, estaba haciendo una petición extraña; sin esperarlo, recibió una respuesta que sigue recordando. “Me dijeron ‘sable femenino no hay’. Pensaba que me estaban tomando el pelo, porque yo ya había hecho sable. Pero no. Me respondieron: en este país no hay sable femenino”. Y sin entenderlo, cogió la espada, aprovechando las oportunidades que se le presentaban para tirar asaltos con compañeros sablistas.          

Inés, al igual que otras tiradoras, se topó con una de las últimas piedras del tortuoso camino que ha supuesto la historia de la esgrima femenina. Desde la primera aparición del deporte en los Juegos Olímpicos modernos (1896), las mujeres han tenido que esperar para alcanzar el estatus competitivo de las armas masculinas. El florete comenzó a participar en unos JJOO en 1924 de forma individual y no fue aceptado en el programa por equipos hasta 1958. La inclusión de la espada femenina fue más difícil; décadas de debate en el seno de la Federación Internacional de Esgrima (FIE), en las que se argumentó sobre el riesgo que suponía la espada ante la supuesta fragilidad de las mujeres, terminaron con su aparición en el Campeonato del Mundo de 1989. Siete años después – otro aplazamiento, otra espera- viviría su primera cita olímpica en Atlanta.

En este tira y afloja por la equiparación entre disciplinas, el sable no había entrado en la ecuación. Si el florete y la espada habían encontrado tantos obstáculos ¿cómo pedir que se reconociese antes al sable, más rápido, más explosivo, menos femenino según los estereotipos de género? Parecía natural – si es que hay algo orgánico en una discriminación tan manifiesta- que el arma de filo fuese la última en ser tomada por las mujeres.

A pesar de que su demora fue la más larga, su introducción fue la menos discutida. Silenciosamente, el sable femenino aprovechó el rebufo de las espadistas y comenzó a ganar importancia desde abajo, a partir de los clubes y las federaciones nacionales. Países como Francia, Noruega o Islandia ya celebraban torneos que incluían el sable femenino a mediados de los años 90. La extensión de esta modalidad por otros territorios llevó a la Federación Internacional a celebrar la primera competición oficial en 1998, cuyas dieciséis participantes ya llevaban varios años entrenando. Rápidamente, “la sexta arma” fue aceptada para entrar en el Mundial de Seúl en 1999. Cerca de la llegada del nuevo milenio, y más de un siglo después de que el sable masculino entrase en liza, la esgrima saldaba su cuenta pendiente con las mujeres.  

Este contexto internacional deja dos conclusiones. La primera, que la ausencia de competiciones para el sable femenino en España no era una anomalía. La segunda, que, a pesar de la exclusión generalizada que vivió el arma, nuestro país llegó varios años tarde. La Inés de 22 años podría competido en otros países vecinos, pero no aquí; la Inés de 22 años tuvo, de nuevo, que esperar.  

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Federación Internacional de Esgrima, el Comité Olímpico Español y el artículo  “Women in Weapon Land” de Thierry Terret y Cécile Otogalli // Imágenes (izq. a der.): Skblzz (CC BY), SwissArmyGuay (CC BY), Katharinaiv (CC BY), John Serwell (CC- BY SA), Marie-Lan Nguyen (CC BY)

En guardia ¿Listas? Adelante

El estreno del sable femenino en el ámbito mundial y el rumor más que fundado de su posible incorporación al programa olímpico dejaban claro que la nueva arma había llegado para quedarse y constituían un reclamo para que los países comenzaran -si no lo habían hecho ya- a apostar por ella. La FIE había dispuesto la pista, el terreno de juego, y España comenzó a trabajar para poder subir a ella a sus propias tiradoras.

Y es que la Real Federación Española de Esgrima, el máximo organismo de este deporte a nivel nacional, no tardó en entender que no podía mantenerse al margen del cambio que se estaba produciendo a su alrededor.  Poco después de esa histórica competición internacional de Suiza, la RFEE anunciaba que la temporada 1999-2000 sería la primera en incluir el sable femenino. Concretamente, se fijaron dos pruebas puntuables para las tiradoras infantiles y cadetes, seis para las junior y cinco para las senior, incluyendo un Campeonato de España para cada categoría. Tener un calendario fue, según Joan Ramón Arcarons, entrenador del SAM, la motivación necesaria para comenzar a trabajar el sable femenino en los grandes clubes de competición. “Las niñas también quieren competir, entrenar sin ese objetivo en una sala como la nuestra no tiene sentido. Queríamos que todas estuviesen compitiendo y en sable no había esa oportunidad”. Cuando esa puerta se abrió, el SAM, como otros clubes, la aprovechó; tras tanto tiempo de vacío, para iniciar la disciplina solo se necesitó poner un sable en manos de las mujeres.     

La construcción de una base de entrenamiento, sin embargo, no iba a ser tan rápida. No solo se desconocía cómo se estaba trabajando en otros países el sable femenino, sino que tampoco había tiempo para formar a niñas desde cero. “Si nos llegan a decir ‘dentro de ocho años empezamos’ habríamos comenzado a trabajar con pequeñas”, señala Arcarons. Con un límite de tiempo mucho más corto, y al igual que había sucedido en otros países, una parte importante del sable femenino español surgió como una nueva rama en un árbol ya asentado. La espada y el florete femeninos, que juntaban más de 200 tiradoras compitiendo a nivel nacional en 1999, fueron el tronco; además del SAM, clubes como la Sala de Armas de Madrid (SAMA), el Club de Esgrima de Madrid (CEM) o la desaparecida Agrupación Polideportiva Municipal de Burgos (APM) trasvasaron fuerzas hacia la nueva modalidad para poder participar en las grandes citas de la temporada.

La movilidad entre armas fue especialmente importante en la categoría absoluta. De las 42 tiradoras que conformaron el ranking nacional en el año 2000, 24 provenían del florete o la espada, incluidas tres de las cuatro medallistas del Campeonato de España. El listado también muestra un sable femenino muy joven, en el que la edad media era de aproximadamente 21 años.

Imagen: Primer Campeonato de España absoluto, 2000. Fuente: Vanesa Chichón // Infografía: elaboración propia a partir del ranking oficial de la RFEE

Junto a las tiradoras reconvertidas, en esos primeros torneos nacionales también participaron mujeres que habían entrado en la esgrima empuñando el sable, muchas de ellas con pocos meses de entrenamiento a sus espaldas. Una de esas “sablistas puras” – así se refiere ella misma a esta primera generación – fue Vanesa Chichón, que con solo 14 años debutó en el mundo competitivo en el Campeonato de España absoluto. “Yo no sabía ni en qué consistía esto”, recuerda entre risas, “mi entrenador me dijo ‘tú tira’ y eso hice”. Concretamente, lo hizo en el senior, y en el cadete, y en el junior y en el infantil, donde llegó la sorpresa en forma de medalla de oro.

A partir de ahí, dice, fue “todo rodado”, tanto para ella como para el conjunto del sable femenino. Por un lado, Vanesa consiguió de nuevo subirse a lo más alto del podio al año siguiente en la categoría cadete; por otro, una vez iniciada la andadura de la disciplina a nivel nacional, nada evitaba que las tiradoras más sobresalientes -incluida la tiradora de Leganés- salieran a medirse con otras sablistas, otros países, otras escuelas. En 2001, coincidiendo con el anuncio de que el arma estaría en los Juegos Olímpicos de verano de Atenas, España participó por primera vez en unos Campeonatos del Mundo junior y cadete, la máxima competición de estas categorías. Allí, en Gdansk, Polonia, Lorena Cussó, Natalia Casares, Miriam Ruiz y la propia Vanesa pusieron su esgrima sobre la pista y al sable femenino español sobre un tablero internacional donde crecer.  

Veinte años después de este hito, quedan dudas que nunca podrán resolverse. ¿Y si el arma hubiese empezado unos años antes? ¿Se habrían conseguido más logros trabajando con más tiempo, con más calma? ¿Cuánto talento se ha perdido por no haber dado la oportunidad a las mujeres de practicar y competir? Chichón prefiere pensar que no podría haberse dado de otra forma. “Todo fue muy rápido, pero tenía que comenzar por algún sitio. Nos tocó ser la primera generación y no me arrepiento de haberlo sido. Me siento muy orgullosa”.

España llegó tarde, pero llegó. Y, como los entrenadores y entrenadoras que enseñan la guardia el primer día, estas pioneras pusieron al sable femenino en posición de luchar por los grandes objetivos que se avecinaban.    

La protagonista: Lorena Cussó