El fondo

Historia del sable femenino español

El fondo


"El fondo es el método directo de realizar
tocados y el desplazamiento decisivo
de los ataques "
Fencing and the Master, Laszlo Szabo

La exclusión sistemática que han vivido las mujeres en el mundo deportivo ha hecho en muchas ocasiones que, más allá de sus resultados, su sola presencia -tanto individual como colectiva, tanto dentro como fuera del terreno de juego- sea un acontecimiento histórico. Kathrine Switzer se convirtió en un icono por participar oficialmente en la maratón de Boston de 1967, algo inaudito hasta el momento. Barbara Buttrick pasó a la historia por ser una de las primeras mujeres en boxear, Irene González lo hizo por jugar al fútbol… Y las 24 deportistas que se subieron a las pistas del Complejo Olímpico Hellinikó el 17 de agosto de 2004 lo hicieron por inaugurar toda una disciplina; con ellas, el sable femenino completaba el programa olímpico individual de la esgrima.

Poéticamente, como si se hubiera querido resarcir al arma del tiempo perdido, debutaron en Atenas, el mismo escenario que había visto nacer la modalidad masculina en 1896. Más de un siglo después, 25 países se congregaron en la capital griega para conquistar un arma muy joven, con favoritas, pero sin jerarquías tan fuertes como el florete femenino, dominado por las azurri, o el sable masculino, repartido hasta entonces entre Hungría, Francia, Rusia e Italia. La épica, el todo-puede-pasar de los Juegos Olímpicos, llevó a Mariel Zagunis, que había conseguido su plaza en el último momento, a colgarse el oro. Con 20 años, la estadounidense se convirtió en una nueva “primera mujer en” dentro de la lista de pioneras del deporte femenino.      

El sable femenino español, lejos de conseguir la clasificación directa, intentó ganar el billete a esta cita con la historia de la esgrima cuatro meses antes, en el torneo preolímpico de Gand, Bélgica. La elegida para representar al arma en esta suerte de muerte súbita – un día, cuatro ganadoras y ningún margen de error – fue Natalia Casares. A ella, hermana de sablistas, que había sido parte de las primeras expediciones internacionales, ganadora del Campeonato de España junior ese mismo año, le tocó enfrentarse a una de las competiciones más singulares y emocionantes que se puede vivir en este deporte. “Se me siguen poniendo los pelos de punta”, dice Casares al recordar ese día de abril de hace 17 años, “lo viví con mucha ilusión. Además, no se me dio mal, se podría haber conseguido”. Cerca, muy cerca se quedó Natalia de escribir su nombre en la hoja en blanco del sable femenino olímpico. Un solo tocado la separó de la plaza, un 15-14 que la dejó con la miel en los labios.       

Esta derrota, aunque amarga, fue un hito en sí misma. Era la demostración de que las sablistas españolas, a pesar del retraso con el que habían comenzado, podían ya plantar cara a sus rivales europeas. Pero sobre todo era también el comienzo de un nuevo ciclo, Pekín 2008 en el horizonte; cuatro años para seguir construyendo el arma, con las piezas que se tenían y con otras nuevas que estaban por llegar.

Y es que algo estaba cambiando en el sable femenino en España. Las mujeres que habían comenzado la disciplina y que apenas llegaban a los 20 años de edad– la propia Natalia Casares, Vanesa Chichón, Lorena Cussó, Miriam Ruiz, Adriana y Helena Calvarro… – se convirtieron en las veteranas, en referentes, para un grupo de tiradoras aún más jóvenes que iniciaban su carrera. En 2003, aparecía en escena una Araceli Navarro con 14 años, ganando el Campeonato de España infantil y cadete y compitiendo por primera vez a nivel internacional en la Copa del Mundo de Logroño. Un año más tarde, cuando la esgrima mundial miraba ya a Atenas, dos tiradoras igual de precoces, Laia Vila y Lucía Martín-Portugués, debutaban también en la capital riojana. Estos nombres, junto a otros como Carla Garrido, Rosa Viñas o Begoña García, comenzaban a resonar en las categorías inferiores y a ganar terreno en la junior y senior.

La transformación no solo se estaba dando en el ámbito deportivo, sino también a nivel institucional. En 2004, la Federación Española nombraba a Rafael López y a José Luis Álvarez responsables de acompañar a las sablistas en los cada vez más frecuentes asaltos y encuentros fuera de España. Allí, la primera generación de sablistas empezaba a fusionarse con las nuevas tiradoras en cuartetos heterogéneos, aún inestables, pero que temporada tras temporada ganaban rodaje internacional en Copas del Mundo, Campeonatos de Europa y Mundiales. 

Equipo español de sable femenino en competición
El equipo español de sable femenino en el Campeonato de Europa senior de 2006 en Izmir, Turquía. De izquierda a derecha: Laia Vila, Natalia Casares, Vanesa Chichón y Araceli Navarro. Fuente: Laia Vila

Aunque aún dependían de concentraciones esporádicas y entrenaban cada una en sus clubes de origen, la semilla de un equipo nacional oficial estaba creciendo tanto en los despachos como en las pistas. De 2004 a 2007, de Atenas a Pekín, el sable femenino estaba cerca de equipararse al resto de armas.

Un proyecto "espacial" y una carrera meteórica

La esgrima española afrontaba la temporada 2007/2008 con la ilusión que solo da saber que el objetivo de cuatro años de trabajo se encontraba cerca. Mientras el resto de las armas vivía un final de olimpiada, de ciclo, el sable femenino pasaba por un nuevo punto de inflexión en su historia. En septiembre de 2007, el entrenador y ex olímpico Pepe Navarrete dejaba Hungría para ponerse al frente de la amalgama intergeneracional que había surgido tras el preolímpico de Bélgica y que, individualmente, empezaba a meter la cabeza en dieciseisavos, octavos e incluso semifinales de Copas del Mundo.

La llegada de Navarrete era parte de un plan formal, el denominado “proyecto especial de sable femenino” o, como se plasmó en el documento que llegó a las tiradoras, el proyecto “espacial”. Esta errata en el texto, más allá de ser durante años motivo de bromas entre las sablistas, representaba, sin quererlo, la importancia y la ambición de la estructura que quería formarse para el arma. Además de centralizar los entrenamientos en Madrid y alrededor de la figura de un seleccionador nacional, esta hoja de ruta hacia un equipo competitivo incluía que las tiradoras entrasen en el mismo instituto, con horarios flexibles que las permitieran entrenar tanto por la mañana como por la tarde, y una inversión económica importante para impulsar sus carreras internacionales.

Era, por tanto, un cambio que trascendía lo deportivo; conllevaba cambiar la forma de vida de unas adolescentes de 17 y 18 años a otra centrada en la esgrima. Para Laia Vila, tiradora del SAM, fue especialmente radical: dejó Barcelona, a su familia, a su club, para incorporarse a este proyecto. A pesar del sacrificio que supuso, la catalana valora positivamente lo que se nació ese otoño de 2007. “Fue un salto de calidad enorme. Entrenábamos todas juntas, con un trabajo organizado, con un entrenador que tenía y sigue teniendo grandes resultados… También nos metieron preparación física, a la que ahora se le da más valor, pero que yo prácticamente no hacía en el club”. Significaba más y mejor, pero por encima de todo significaba dar finalmente el reconocimiento y el estatus que tenían el florete, la espada y el sable masculino.   

Sin embargo, este proyecto llegaba tarde para tener los Juegos Olímpicos de Pekín como objetivo para el equipo. Por un lado, por el poco tiempo -apenas siete meses- que se tenía para trabajar bajo el paraguas del nuevo modelo; por otro, porque con él se apostaba por quienes venían por debajo más que por las pioneras del arma, lo que comenzó a trasladarse al terreno internacional: poco a poco, las pequeñas entraban y salían con más asiduidad de las convocatorias y empezaban a reemplazar a las mayores en las competiciones. El cambio generacional que se atisbaba al comienzo del ciclo se completó en el Campeonato de Europa de 2008 absoluto, donde, de las cuatro deportistas que se enchufaron en la prueba por equipos, todas eran de la nueva remesa de tiradoras.  

Fuente: Elaboración propia a partir de los resultados oficiales de la Federación Internacional de Esgrima

El curso olímpico, y con él las oportunidades de clasificación individual, corría ajeno a la transición que se estaba dando en nuestro país. Abril llegó y el sable femenino español, sin posibilidades de robar la plaza a gigantes como Ucrania, Rusia o Polonia, tenía de nuevo que jugar la última baza si quería tener presencia en China. Araceli Navarro, que ya había destacado en Copas del Mundo junior, recogió el testigo de Natalia Casares en un preolímpico, esta vez en Praga, esta vez con un final diferente. Navarro ganó la prueba y consiguió la única plaza europea que quedaba libre. La hazaña se había logrado: solo ocho años después del comienzo de la disciplina, España conseguía clasificar a una sablista a la más importante de las competiciones en la esgrima. El 7 de agosto de 2008, día en el que cumplía 19 años, Araceli subió a la pista para hacer historia.

7 de agosto de 2008. Pekín

Araceli Navarro gana 15-4 su primer asalto contra la mexicana Angélica Larios en tablón de 64. En el siguiente asalto la espera la estadounidense Rebecca Ward

La española va por detrás en el marcador cuando hace un gesto extraño durante un tocado en el centro de la pista. Tenía una luxación en el hombro izquierdo, una lesión que ya había sufrido anteriormente

Transcripción del momento de la lesión obtenida de la hemeroteca de RTVE:

– Araceli: ¡Si lo que quiero es que me lo coloquen ya! Me da igual, colocádmelo ya…

 

 

 

– Médico: Esto no es así. Magia no hay, Araceli…

 

 

– Araceli: Que me lo metan ya, por favor…

 

 

 

 

– Médico: …Se acabó…

Con un 12-7 y lágrimas en los ojos, la sablista abandonó la pista y la competición. Sería operada un mes después

El triste desenlace de Araceli Navarro en Pekín no empañó el hito que protagonizó en China, ni tampoco lastró una carrera que no haría más que crecer, tanto a nivel individual como por equipos. A pesar de que la financiación tuvo idas y venidas, los resultados siguieron llegando y la confianza del grupo que se había formado en Kiev siguió creciendo. Ganar a Francia durante la Copa del Mundo de Nueva York en 2011 y la quinta posición en la Corble Cup de Londres, en 2013, sirvieron para abrir los ojos ante el brillante futuro que tenían por delante. “Vas ganando a potencias y dices ‘pues a lo mejor no somos tan malas como estamos pensando que somos’. Nos dimos cuenta de que podíamos hacer cosas grandes”, señala Laia Vila. Ya no se sentían “pequeñitas” en la pista, como dice Vanesa Chichón, ya no tenían miedo. Habían lanzado una ofensiva, un fondo de los largos, que sería muy difícil de superar por las que estaban por llegar.

La protagonista: Lucía Martín-Portugués